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Soy Cristian Caram nací en Tucumán el 8 de marzo de 1969, estoy en pareja con María Lía, tenemos dos hijos, Nazareno de 5 años y Amparo de 11 meses.

Tengo todo un recorrido en la vida política (15 años) y otro, igual de largo, en la actividad privada (otros 15 años). Empecé a militar en el radicalismo a los 17 años y luego entré a la Universidad de Buenos Aires donde me incorporé a la Franja Morada.

Me recibí de Licenciado en Administración en la UBA y también me gradué de Periodista en el ISER.

Fui Legislador de la ciudad a los 27 años, por dos períodos y llegué a Vicepresidente Primero de la Legislatura Porteña. Todo muy rápido y muy joven. Quizás demasiado.

No nací, ni de cerca, en “cuna de oro” de manera que mi propio crecimiento a partir de ponerle garra al estudio y al trabajo me permitieron entender que en la vida las cosas se van logrando con tenacidad y vocación, pero que resulta indispensable hacerlo con otros, armar colectivos con fines realmente virtuosos y productivos.

Encabecé un movimiento de renovación dentro de la UCR. Valoraba mucho la trayectoria de los “popes” del partido radical, pero también entendía que se necesitaba movilidad interna, generar nuevos liderazgos e innovación dentro de una fuerza que ya celebraba el Centenario y tenía una estructura muy rígida. Ganamos una interna partidaria y resulté el candidato a Jefe de Gobierno de la Ciudad en el año 2003. Contra Macri y contra Ibarra.

En aquella elección en la que iba como candidato, y ser radical era mala palabra, obtuvimos un 2%. En los últimos años, muchas de las principales figuras de la política argentina han sacado resultados similares y hasta peores y siguen en el centro de la escena. Para mí, marcó un límite. Sumado a que eran los tiempos del fracaso del gobierno de De la Rúa, y el radicalismo y la política en general se sumían en una gran crisis. La gente pedía que “se vayan todos”. Seguramente no estaba dirigido a mí, pero yo me fui. Casi todos se quedaron.

Dejé la política. Nunca supe si para siempre.

Mi entrada a la actividad privada fue en 2004. Soñé, fundé y desarrollé Madero Tango. Quería hacer un emprendimiento moderno que lograra conjugar dos grandes pilares de la industria cultural de nuestro país: la gastronomía y el tango; y sumarle la originalidad de hacerlo en Puerto Madero.

Creo que en el sector privado viví más frustraciones que en el público. Ahora Madero Tango es un negocio sólido y reconocido en el mercado local e internacional, pero no fue sencillo. Emprender en nuestro país es una tarea para personas con capacidades “olímpicas”. Tener un negocio propio no sólo requiere la destreza de aprender a sobrevivir a los obstáculos propios de cada actividad, sino también a las idas y vueltas de la economía argentina; además de a las dificultades que te pone el mismo Estado (local o nacional) del que yo formé parte y viví muy desde adentro, en mi “otra vida”. Las anécdotas de cómo choqué contra mis propias acciones de los primeros 15 años, en los segundos 15, son para escribir un libro.

Me tocó en 2015, además, la particularidad de ver incendiarse completamente todo lo construido; y enfrentarme a la decisión de empezar de nuevo, ya a esta altura sabiendo a lo que me enfrentaba. Por supuesto, no había opción real posible, y en muy poco tiempo “renacimos de las cenizas”.

Con todo, hoy tengo la mitad de mis años de vida activa en la actividad política y la otra mitad en la actividad empresaria. Cuánto mejor funcionario hubiera sido si los “15 + 15” hubieran sido cronológicamente al revés! Pasando primero por lo privado y después por la actividad pública… De todos modos, hoy tengo una mirada integradora por haber estado de ambos lados, respecto al trabajo, el desarrollo económico y el mundo de las Pymes.

No estoy buscando empleo, tengo uno muy bueno presidiendo mi propia empresa. Sin duda lo que tengo es vocación, y lo que alguna vez pensé que había quedado en el pasado, está claro que me acompañó todos estos años. Soy un convencido que con trabajo y tiempo bien invertido, se puede hacer que la gente viva mejor. No hay destino fatal que lo impida, sólo hay que ponerse en marcha, creer y hacer.